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Artemis II no va a alunizar porque no fue diseñada para eso. Su función es otra: ser la primera gran prueba con tripulación de todo el sistema que deberá hacer posibles las siguientes misiones lunares. Orion tiene que demostrar que puede mantener con vida a cuatro astronautas, navegar en el espacio profundo, comunicarse a grandes distancias y regresar a la Tierra de forma segura después de rodear la Luna. Esa es la meta central de esta misión.
También hay una razón técnica muy concreta: para aterrizar en la Luna no basta con llegar hasta ella. Hace falta un vehículo especializado para descender, operar cerca de la superficie y volver a despegar. Artemis II viaja en la nave Orion, que está pensada para transportar a la tripulación en el trayecto de ida y vuelta, no para posarse en la superficie lunar.
Por eso la misión sigue una lógica escalonada. Primero se prueba el vuelo tripulado alrededor de la Luna. Después, en las siguientes etapas del programa, se incorporan maniobras, acoplamientos y sistemas adicionales necesarios para intentar un alunizaje. Es la misma lógica de cualquier programa serio de exploración: antes de hacer lo más complejo, se valida cada pieza por separado.
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